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viernes, 12 de marzo de 2010

ARRORRÓ MI LENIN. ARRORRÓ MI MARX.


Criaderos de cerebros colapsados.
Calamando por la revuelta de nuestros egiísmos quietos.
Bajando cuerda vencida; cuerda rota y derrotada tras derrota.
Revoluciones amortizadas de conspiiraditos onanistas del tedio.
Mientras todo se consume en velas encendidas,
a su querida presencia.
Con el tambor vacío y bien empavonado, los comandantes de la frustración sueñan.
Con sus nuevas banderas de siempre, con sus unifomes y sus partidos al medio.
Comen por separado y quieren cagar en la unidad.
Todos traidores menos ellos y sus madres.
Todos pequeños y burgueses para su talla y su clase.
Y por ahí te abrazan. Por ahí te saltan al cuello.
Equilibristas impolutos.
Imponen su elevada horzontalidad en rancias recetas verdes-
Pastillas para dormir
Lagrimones geríatricos.
Oscuridad a duras penas.
Asamblea de tres.
Y a esto le llaman siniestra.
Mejor consíganse una virgencita y recen.
Es casi lo mismo que hacer su revolución.
F. Leicht
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APOSTASÍA en el BUCHE

Palabra que los bozales acamalan. Voz muerta, panóptico popular de cada día.
Timbre que se pavonea prócer, amansando el verbo arrepentido de las masas.
Espolvoreando la culpa impalpable sobre este pan para unos pocos, los que comen en silencio conformismo a perpetuidad.
Elucubrando desde siempre mentiras consensuadas, apalabrando abracadabras convenientes.
Su lugar es el esfínter, la ilógica razón de la codicia.
Desde allí se enuncia, inmundamente, se legisla este estreñimiento.
Donde los dioses de compraventa se ajustan hoy el correaje, proclamando sin vergüenza su infinita prevaricación

F. Leicht

domingo, 31 de enero de 2010

ASCENSOR REALIDAD

"Este país se va a la mierda", dice mi vecino del piso siete, mientras entramos al viejo ascensor.

Mi vecino es uno de esos cobardes retóricos con que el mundo cuenta, como lo soy yo. Él tiene casi setenta. A pesar de coincidir en nuestra afición retórica y en el viaje de ascensión que nos reúne todas las tardes, nuestros puntos de vista son siempre antagónicos -hasta por una cuestión de lógica generacional- y la mutua antipatía resulta evidente para cualquier agente externo que ocasionalmente pueda acompañarnos.

El desagrado, a fin de cuentas, acaba conturbándonos inevitablemente, trastornando nuestro trayecto ascendente con incómodas descargas de mala emoción que se diluyen -más bien se ocultan- diestramente en miradas esquivas, falsetes y, eventualmente, puños apretados.

Ésta educación de práctica de la voluntad evita, además de golpes, toda clase de agresiones verbales y de otra especie -como escupitajos- y curiosamente determina que nos las arreglemos para buscarle la vuelta al desagradable comentario del interlocutor, de manera de hacerlo cuadrar con el propio, logrando que los argumentos de cada quien se sumen -como en un solo y único vector- a la crítica de la irremediable realidad, que por cierto, es siempre destructiva.

Hace años que nos encontramos en el ascensor, casi a la misma hora, casi todos los días, y si coincidimos de pleno en algo es en que las cosas siempre están peor que aquella vez en que nos decidimos a tirar la primera piedra contra la injusta realidad, con el fin de que el otro la recogiera y la lanzara con mayor destreza, con más elegancia. Es que lo nuestro es una suerte de competencia insana pero leal. Si yo digo blanco, él dice gris, y si él dice negro, yo le recuerdo que negro no es más que la composición de todos los colores juntos.

De ésta manera nuestros puntos de vista se amplían y se bifurcan, se entrelazan y se enriquecen con miserias invariablemente ajenas, distantes, que nos salpican pero no nos mojan. Yo, influido por mi idealismo culposo, radicalizado, cortoplacista, unilateral, estaqueado a mis principios y finales de siempre. Él, ya en la madurez de su existencia y de la prosperidad, con el semanario doblado bajo el brazo, sosteniendo consignas cóncavas y diciendo que podemos ser mucho, que podemos ser tanto, o no. Que podemos incluso ser otra cosa nueva -dice- después, incluso una rara cosa nueva.
E insiste que hay algo que uno sabe muy bien que es que nunca sabe mucho y cosas así, que no dicen nada, para terminar diciendo que no todo lo que reluce es oro y que todos son la misma mierda.

De seguro que si por casualidad la energía eléctrica se cortara algún día, en medio de nuestro viaje de ascenso hacia el estro crítico del piso siete, apagados quedaríamos, mi vecino y yo, callados e ingrávidos, conscientes de que en ese punto oscuro en el que estamos varados, en el que la existencia pende de un par de cables de acero, ya no hay más argucias para exponer ante el otro. Pasmados nos veo, el uno ante el otro, sin nada que decir. Sin nada que hacer excepto odiarnos, ahí sí, quizás desembozadamente.

No nos imagino sentados en el piso del ascensor sin luz, comentando los titulares de su semanario de confianza, despotricando contra los periodistas de la izquierda que escriben bien afirmados con la dereceha o el técnico de la selección, ese oscuro señor que ni siquiera podemos votar, en fin, preguntándonos con sincera cara de consternación si se le puede patear el culo a esa oligarquía ambiciosa que es el tres por ciento de la población y hacer de este país algo mejor, algo por lo que valga la pena llorar aunque sea. Y mucho menos imagino que ahí a lo oscuro, el vecino empiece a atosigarme con su cátedra de rigor, la monserga posmarxiana, con todo y su teoría de que lo social constituido discursivamente no significa una reducción idealista de lo social y material al lenguaje o al pensamiento. Justo a mí, que soy corto de entendederas, y que la paciencia no me sobra.

Y no nos imagino por una cuestión simple: lo nuestro es un momentáneo y perpetuo viaje de ida enmarcado en factores artificiales, como la luz y el confort de un ascenso eléctrico. De ellos dependemos a la hora de hacer nuestros discursos filosos, carentes de trascendencia. Lo básico, la inmanencia, queda en la oscuridad y tanto mi vecino como yo le tememos a lo que es básico, puramente real. Como el resto de ese mundo al que odiamos, componemos nuestras obras retóricas para ser expuestas en la luz, en lo efímero, en lo que dura un viaje de ascensor.
Mi vecino y yo tenemos miedo. Pero yo tengo más miedo que él porque tengo la mitad de sus años y me niego a asumir que la existencia se consuma en vituperaciones vertidas cotidianamente contra el mundo en una caja de lata que me lleva de la planta baja al piso siete.

Miedo porque algo en mí no sabe juzgar la realidad y persiste en ignorar que, dado que hay varias clases de ser, habrá también otras tantas clases de realidad, y que se puede elegir como en el ascensor, pulsar el botón incorrecto que nos llevará a otro piso, a otras casas, a otra realidades; aunque mi casa y la de mi vecino estarán siempre en el mismo lugar, que no necesariamente es el correcto. Lo que es, no es.
Ese sofisma nos mantiene vivos -aunque inermes- emitiendo juicios de valor sobre todo lo que nos rodea. No sé si sirva para algo, pero a partir del lunes puede que empiece a usar las escaleras. Mientras tanto, soy yo el que cierra la segunda reja del ascensor -instante de hierro que se despliega ante nosotros- despidiéndome del vecino hasta mañana:
"Este país se va a la mierda".

F.Leicht
postaporteñ@_______________________________________

sábado, 23 de enero de 2010

ODA PARA EL CAMPEÓN DEL DÍA

Me gusta evocar la palabra cuando es justa. Retrotraerme a la lánguida paz que me produce siempre una verdad ya enunciada, sin ambages ni medias tintas. Me gusta pedirte siempre explicaciones, cuando el poder se embandera en vos mismo, cuando me es esquiva tu respuesta, cuando la provocación de tu soberbia ineluctable encallece mis dedos de tanto golpear teclados en sonatas estériles.

Me gusta reconocer que eso de evocar me gusta. Sería un mentiroso como vos si no lo dijera. Aunque sea a la pasada lo dejo escrito, no tan valiente como para entrar en los decires palabreros de la verdad explícita, que ya no importan tanto en definitiva, porque no harían nada más que entreverar lo que siempre es entrevero. No hacen falta entrevistas para entrever lo que a la distancia vos sabés que prefiguro.

Me gusta acogerme a esa distancia para decir verdades cuando son así, tan necesarias y urgentes. La verdad es la elección ya hecha; decisión tomada es, y lo demás es una enorme trinchera para la que hace falta algo de tiempo, un poquito más de espera en tu tropiezo.

Me gusta recordarte al grito desde acá -que es la distancia mínima que nos permite el mundo- para que tuerzas la cara y veas que todavía estoy, que me paseo tras tus alambradas, que me ladro con tus perros.

Y que sigo acá porque me gusta y que acá me quedo. Que no me voy a ningún lado. Decidido a verte tambalear, a dar el empujoncito para tu caída inevitable.

F.Leicht

posta porteña

domingo, 8 de noviembre de 2009

Lo que mata es la ambigüedad

Politólogos uruguayos

Por definición, la politología una ciencia social que desarrolla su campo de estudio en la descripción y análisis de sistemas y comportamientos políticos de la sociedad con el Estado. Eso significa "no abandonarse a la creencia del vulgo y no lanzar juicios de valor sobre la base de datos no atinados". En pocas palabras, remitirse a la prueba de los hechos.

En Uruguay, tal parece, hay patente de corso también para éstos especímenes que invaden las pantallas y las ondas radiales, especialmente en estos tiempos electorales. Para muestra, Adolfo Garcé, quien ayer sábado escribió en El Observador (extracto):

"¿Quién prendió el fuego? ¿A quién le conviene vincular a Mujica con un arsenal del MLN-Tupamaros a un mes del balotaje? Evidentemente, la respuesta más obvia es que a su adversario electoral. Cualquiera que siga las noticias puede constatar que, en estos días, blancos y colorados han intentando explotar la hipótesis de la “conexión política” de Feldman. Pero cualquiera que tenga un poco de sentido común debería poder distinguir entre beneficiarse de un hecho político y provocarlo".

Es el mismo Garcé que en El País de ayer, sábado, aparece diciendo éstas cosas (extracto):

"El politólogo Adolfo Garcé consideró "plausible" la hipótesis planteada por el ex presidente Jorge Batlle, sobre un eventual nexo entre el armamento hallado en la casa de Saúl Feldman y el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Garcé, quien ha publicado dos libros sobre el funcionamiento del grupo armado, dijo el jueves en el programa periodístico En la Mira de VTV, que el planteo realizado por Batlle es "plausible", según las investigaciones que él mismo realizó. En tal sentido, explicó que entre 1985 y 1994 el MLN mantuvo cierto grado de clandestinidad, y por eso podría haber tenido "berretines", como se denomina habitualmente a los depósitos ilegales de armas. Garcé indicó que en esa época, en la que los principales líderes políticos tupamaros como el actual candidato a presidente por el Frente Amplio, José Mujica, y el senador Eleuterio Fernández Huidobro pasaban a cobrar notoriedad, el MLN todavía tenía "un horizonte insurreccional", como lo llamó en alguna ocasión el ex tupamaro Jorge Zabalza. Incluso, Garcé no descartó que el incendio en la casa ubicada en el barrio Aires Puros que permitió encontrar el arsenal que escondía Feldman haya sido provocado por integrantes radicales del MLN que consideran que Mujica los traicionó al incursionar políticamente por la vía institucional".

Como vemos, en Uruguay los politólogos juegan a hacer política, a especular. Será por eso que los políticos pueden seguir jugando a mentir sin que nadie les pare el carro, ya que los medios -hasta donde yo sé- juegan a alimentarlas con denuedo.

Lo verdaderamente triste es que el pueblo uruguayo, mientras tanto, siga jugando a la payana de la democracia con todos ellos.

Federico Leicht

sábado, 31 de octubre de 2009

Curso acelerado de ciudadanía

(para ovejas que balan distinto)‏
Federico Leicht

Al llegar a la última oficina se sentirá algo descompuesto. Es normal. Habrá aprendido la retórica falaz de los enanos y tendrá nociones de cómo dirigirse al funcionario de turno. Una vez allí, las mejores metáforas estarán cansadas y sucumbirán ante una inmensa inútil añoranza, bastante parecida al tedio. Bien, permítame darle una calurosa bienvenida al sendero del triunfo, del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad, de la justicia sobre la impunidad, de la arcada sobre el vómito. Viva la patria.

Pase, después de usted. Despacio, de a uno, de paso a pasodoble, enmarcados en este enorme paspartú gris, todos los aspirantes que usted divisa y que conforman esta larga fila sintética y esterilizada, inclinarán finalmente la cabeza y recitarán al unísono este sermón metódico, metodista, metonímico: Diversión por felicidad. Religión por fe. Trabajo por dinero. Mírelos, todos ellos se globalizarán por fin en el capullo materialista de la existencia. El perpetuo y emocionante pagaré. La sal de la vida.

En los meandros de sus venas correrá la savia nueva; irresistibles pulsiones de poder con todo y sus nódulos políticos, obligaciones y várices color dólar. La cabeza para atrás, partida por decreto, voto y secreto. Haga la fila. Sonría. No pregunte. Mire la pantalla. Tolerancia no es mansedumbre.

Buenas tardes, tome asiento. Evitaré los circunloquios. Quiero darlo por enterado de que en este piso vamos todos, yo y los otros, juntos todos, a patearle el tablero de cosas y no cosas, las dichas y no hechas, las hechas y no dichas, en una suerte de rutina muda –sistemática y bastante violenta por cierto– que usted nunca olvidará. Burocráticamente extinguiremos sus aristas, su poesía, sus esdrújulas y lunas llenas. Se las que devolveremos en cacofonías unisonantes, programas de gestión de gobierno y sueños diseñados por gente que entiende; en fin, un feedback retórico y efectivo que polinizará a las musas y las volverá masas. Aquí tiene su diploma, luego le damos su PC, sin cargo extra. Pase a la sección adaptación.

Le decía que aquí lo vamos a voltear. Le vamos a explicar las bases de una economía justa e igualitaria bajo el orín de los riñones más carenciados. Vamos a disertar también, acerca del conflicto de intereses sociales y de cómo estimular la inercia entre sus pares. A la larga aprenderá, no se preocupe. Hacia el final le vamos a inyectar un poco de bien común en el ojo izquierdo, ese que mira mal, para que usted y sus pares crean lo que no ven y lo recen a pie juntillas, difundiendo el catecismo del progreso entre los menos fieles de la especie. Recuerde: el consumo se come a la conciencia. Pase a la ventanilla cuatro, después de la máquina de refrescos cola.

Muy señor mío, en este mostrador lo vamos a adoctrinar, pero no tema, lo haremos muy profesionalmente. Empezaremos por arrancarle la causa perdida, que será la comida que alimentará a los mastines de la neo patria progresista / liberal (para que no diga que no le damos opciones). A partir de la fecha, tendrá acceso a nuestros cursos acelerados de actualización ideológica permanente, lo que nos resguardará del oprobioso fundamentalismo de nuestros enemigos que amenazan con volar por los aires el proyecto multinacional socialista de país productivo. No existen las contradicciones. Son solo aparentes. Continúe avanzando hacia la alineación patriótica.

Le aclaro señor, que en este último piso, las cuestiones que lo vuelven ovejita que -entre las demás- pretende balar distinto ya no serán toleradas so pena de desacato, traición a la patria o sedición. Sí, sedición. Las cuestiones absolutas, las que involucren el alma o la conciencia, resultarán insuficientes de ahora en más, hasta las mismas lágrimas. Valore el estar aquí. No olvide lo que cuesta llegar. Y sobre todo quedar afuera. Considérese ahora uno de los nuestros. Rápido. Avance hacia el mostrador final. Oriéntese. Lea blanco donde leía negro y derecha donde decía izquierda. Asimile el cambio. Muy bien, ya casi lo ha logrado. Bastan tan sólo unos detalles más, que solucionaremos sobre la marcha. Siéntase feliz, ya podemos darle la bienvenida al mundo unipersonal de los que ven sin mirar, hablan sin escuchar, votan sin pensar, y escupen las penas para arriba, las dejan para después de los festejos.

Ahora bájese los pantalones y firme este documento que es una mera formalidad:
“Crepitando en el estanque país, la rata más cansada ya se hundió. Las demás, que vamos cayendo desde la críptica circunferencia al pozo, nos damos cuenta de cuál es nuestro destino y lo asumimos con orgullo. Juro por mi honor que nadaré en este estanque que es mi patria hasta la hora de mi muerte. Conforme, asumo que moriré de asfixia por inmersión en esta aciaga y ciega democracia de ratas estancadas”.

Consabidas las posibles consecuencias de mi arrepentimiento o mi fracaso, procédase a certificarme y darle trámite a mi carné de ciudadano.
Decrétese y archívese.


Federico Leicht

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