jueves, 10 de junio de 2010

La infancia esclava - Silvana Melo

Las cadenas del siglo XXI acechan a los niños como un monstruo intocable que recauda millones de dólares en todo el mundo con la compliciad de los estados en la mayoría de sus estamentos. Es la esclvitu de los tiempos: es una voca voraz que chupa a los chicos y a las chicas como aspiradora brutal y los somete a su negocio de redes impiadosas de la trata de personas.

El mercado de seres humanos está abonado principalmente por la infancia, usada en compra-venta para la filmografía pornográfica, para las estaciones de cosecha, para la caza ilegal de hijos, para la prostitución en manos de los proxenetas.

Miles de niños son víctimas de un delito de lesa humanidad que los mata, los destruye o los marca de por vida cuando en el más feliz de los finales, se los rescata. Con un merchandising que maneja su costo, con un packaging que los pone más o menos en valor -ser rubio, de piel blanca cotiza más- la infancia reducida a objeto en manos de las redes nacionales e internacionales de trata esfuma a trece chicos por día sólo en el área metropolitana.

Aunque el horror se extiende a distintas zonas del país para convertirlos en engranajes oscuros de un negocio que mueve 32 millones de dólares anuales. El turismo sexual infantil aumentó en un 60 por ciento en los últimos años en territorio argentino, con el impulso de las visitas europeas y asiáticas, clientelas sedientas con abultado e indigno manejo de dineros. “Todos ellos eligen a la Argentina porque arman circuitos turísticos maravillosos, por poca plata en relación a sus ingresos y con el agregado de tener acceso a chicos sin restricciones", señaló Raquel Holway, de la Asociación Alerta Vida. Llegan a la bella tierra de la impunidad. Una bella tierra donde se desprotege a la infancia hasta la misma muerte. "La Argentina pasó de recibir 1,5 millones de turistas extranjeros en 2003 a 2,5 millones que llegaron el año pasado. Entonces como piso, se puede decir que el turismo sexual aumentó estos años un 60 por ciento", dijo Holway.

Los niños son robados, reclutados con máxima crueldad, se los transforma en migrantes de país a país -las redes desplegaron su voracidad a principios de este año ante la indefensión catastrófica de la Haití pos terremoto- y se los utiliza en las narices de las autoridades que, lejos de perseguir a la delincuencia organizada, suele distraerse mirando hacia la vereda contraria, en el mejor de los casos. En ciudades determinadas existe una red lateral que vincula a remiseros, hoteleros y tratantes para satisfacer a los pedófilos internacionales. La policía y la justicia suelen ser permeables a las presiones de los que manejan los hilos del comercio de infancias.

No es extraño que el poder institucional se relaje ante una de las alas de la delincuencia internacional que más recauda en los últimos tiempos. La venalidad se logra con tentaciones fuertes y las redes de trata parecen tener los recursos suficientes como para conseguirla.

Las zonas de frontera son clave y las cifras que se manejan producen escalofríos. En las zonas fronterizas de Yacuiba, Desaguadero, Pocitos, Bermejo y Villazón desaparecen y se buscan con desesperación miles de niños. Unos 11.400 durante 2009. Más de 5.000 son separados de sus familias y su medio a través de la frontera de Villazón. No están más, desaparecen, se vuelven un humo azul que penetra las puertas del martirio y tantas veces no regresa. Son chicos entre un año y seis meses a dos años, que ya no usan pañales. Pibas de 13 a 14, y varones de 15 a 16. Los chicos son explotados y sometidos a esclavitud en trabajos sórdidos que los lastiman y los quiebran. Los más chiquitos son vendidos para adopción ilegal o utilizados en pornografía infantil. Las nenas son prostituidas brutalmente.

En julio de 2009, el Departamento de Estado de los Estados Unidos presentó el Informe sobre Trata de Personas. De su letra surge que Argentina es "fuente, tránsito y destino para hombres, mujeres y niños que son traficados para la explotación comercial sexual y el trabajo forzoso". La complicidad de sectores de las fuerzas de seguridad es manifiesta: “no sólo permiten el tráfico de personas a cambio de coimas, sino que, además, en algunos casos poseen sus propios burdeles".

El 11 de mayo murió María Inés Cabrol. Tenía apenas 45 años y hacía seis que buscaba a su chiquita, Fernanda Aguirre. Se la arrebataron de su falda el 25 de julio de 2004. Movió cielo y tierra para rescatar a su hija, segura de que había caído en una red de trata y prostitución. No pudo encontrarla. Se esfumó como tantos. Se volvió humo azul, como se vuelven las niñas y los niños desangelados atrapados por las cadenas del siglo XXI. Dejados a la buena de dios por instituciones cómplices y vulnerables a un poder delictivo que rebana transversalmente todas las dignidades del mundo.

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