martes, 16 de junio de 2015

Batalla de Waterloo, 200 años - Los dientes (deseados) de Waterloo




 Cien días después de su fuga de la isla de Elba, un Napoleón ávido de gloria y enfermo de cistitis vivió su eor noche. Después de 20 años de poner Europa patas arriba, con su Ejército del Norte se enfrentó durante cuatro días, en el campo de Waterloo, a la máquina de guerra combinada de Prusia, Inglaterra y Holanda. La jornada del 18 de junio de 1815 había empezao con 67.661 soldados aliados de espaldas al bosque de Soignes y 73.170 franceses haciéndoles frente del otro lado de la carretera empedrada de Bruselas a Charleroi. Cuando, a las once y media de la mañana, la artillería de su hermano Jérôme Bonaarte abrió fuego de obuses y metralla contra las fuerzas aliadas atrincheradas en el castillo de Hougoumont, empezó la picadora de carne: las andadas de los cañones se alternaban con la fusilería, los carros de pólvora volaban por los aires y en el cuerpo a cuerpo los campos de maíz se regaron con sangre. 
 A las 10 de la noche la batalla había terminado. Los franceses fueron derrotados y en un paisaje de silencio, barro y desolación, hasta donde alcanzaba la vista, los cuerpos de alrededor de 50.000 hombres yacían muertos o heridos. El maíz no pudo ser cosechado, pero hubo otra recolección más productiva. En la penumbra,  figuras sombrías deambulaban entre los caídos, no despreciaban ningún objeto de valor hurgando en uniformes maltrechos; pero lo que buscaban aquellos carroñeros eran incisivos en buen estado. Había demanda entre los ricos que tenían poca dentadura pero mucho para masticar, una demanda solvente que estaba dispuesta a aflojar la bolsa por una prótesis dental cuya oferta se multiplicó tras la escabechina de Waterloo.
 Tanta fue la inundación del mercado que, con indepencia de su verdadero origen, los dientes de segunda boca adquirieron un nuevo nombre: dientes de Waterloo. Era un marchamo de calidad.  
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