martes, 2 de marzo de 2010

Honduras: “Gritaron ‘tacamiches’ y dispararon”: Melgar

Foto:Dunia Melgar es una madre que lava y plancha para mantener a sus hijos. no tiene que ver en el conflicto, pero la violencia de los grupos le arrancó uno de sus grandes tesoros: su hijo de 13 años.

Un niño de 13 años murió de un balazo en la garganta cuando el camión en que se transportaba fue tiroteado en medio de las plantas de palma africana

San Pedro Sula, Honduras

“Mami, hoy me gané 200 lempiras recogiendo fruta, 20 son míos y los otros ocúpelos para comprar comida”. Cada semana Onán Bardales, de 13 años, le repetía a su madre la misma frase. La última semana de diciembre fue diferente, trabajó fuerte para comprarse un estreno y ponérselo a fin de año, siempre buscando dejar una parte de su pequeño pago para ayudarle a su mamá y a sus hermanitos.

Compró los estrenos, pero no logró ponérselos; dos días antes de las fiestas de fin de año, el camión en que se conducía junto a otras personas fue tiroteado en medio de las plantaciones de palma en el sector conocido como Cacho Buey.

La peor parte se la llevó Onán, una bala atravesó su garganta y le cegó la vida. Su cuerpecito se desplomó y con él los sueños de ser ingeniero y de seguir ayudando a su mamá y a sus hermanitos.

Horas más tarde del incidente, su madre, Dunia Esperanza Melgar, recibía el cuerpo de su hijo ya frío. “¿Qué pasó mi amor?, ¿Qué te hicieron mi vida?”, fueron las palabras de la madre mientras besaba, todavía incrédula, el rostro pálido de su primogénito.

El menor es otra víctima inocente del conflicto de tierras que se vive en el Bajo Aguán, donde día a día el esta lucha se convierte en una bomba de tiempo.

Son terroristas

Llorando y visiblemente enardecida, Dunia recuerda que su hijo iba tres días a la escuela y otros tres días se dedicaba a recoger fruta en las plantaciones de palma para ganar dinero y ayudar a cubrir los gastos de la casa.

La mujer es una madre soltera que reside en el sector denominado Cooperativa Colón, en una casa alquilada de manaca y tierra. Allí, junto a sus otros dos hijos recuerda a Onán y se pregunta a cada momento por qué se lo arrebataron.

“Él me decía: ‘Mami cuando salga de sexto grado yo le ayudaré a hacer la casa, no se preocupe’”, recuerda.

La adolorida madre dice que siempre le repetía que no se preocupara, pues él la ayudaría a tener un techo.

Con su ojos perdidos en el vacío y su rostro bañado por las lágrimas, Dunia exige que se aplique todo el peso de la ley a los que cometieron ese vil asesinato.

“Ellos no son campesinos sino que son terroristas”. “Han dicho y la gente los ha escuchado que tienen armas hasta para ‘apiar’ aviones”, manifiesta la mujer.

Un grito, el detonante

Ese trágico 29 de diciembre, un muchacho conocido de la aldea murió y como es costumbre había que acompañar a los dolientes. “Yo estaba lavando cuando mi niño llegó y me dijo: ‘mami voy a ir al entierro’, mi bebé se fue con otras personas en el camión y allí sucedió todo”.

Los sobrevivientes relataron a Dunia que cuando venían de regreso en el camión, unas personas que supuestamente estaban ebrias gritaron y mencionaron la palabra “tacamiches”. Segundos después comenzó la balacera.

“A ellos les ofende esa palabra, que les digan Tacamiches. Gritaron tacamiches y ellos dispararon, una de esas balas asesinas alcanzó a mi niño en su garganta y lo mató. Ellos mataron a mi bebé”, relata. El hecho se registró en una de las calles de tierra a la altura del puente llamado Cacho Buey, donde también encontraron cuerpos de guardias muertos semanas después. El sueño de Onán era ser ingeniero, pero esa tarde se lo robaron.

“Mis otros dos hijos me preguntan a cada rato por su hermanito y yo les digo: Onán está en el cielo. ‘Verdad que lo mataron los tacamiches’ pregunta el más pequeño... Yo le respondo, sí amor, nos lo mataron.. ‘pobrecito mi hermanito, me hace falta’, dice el más pequeñito”.

La mujer pide que se haga justicia, considera injusto lo que han hecho. “Hasta los niños están muriendo en el pleito por tierras”, denuncia.

Onán cursaba el quinto grado en la escuela rural mixta Alfa Cooperativa Colón y se ganaba la vida recogiendo fruta de palma. Su muerte está en la impunidad y hoy sólo quedan sus fotografías y el relato de los sobrevivientes que aseguran que haber dicho la palabra “tacamiche” lo llevó a la muerte.

El asesinato ha sido condenado en la comunidad donde vivía, pero las personas temen que al pedir justicia los grupos responsables de su muerte tomen represalias contra gente inocente que lo único que pide es vivir en paz.

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