sábado, 23 de octubre de 2010

¿Los argentinos, somos giles?

"Argentinos, no seamos más giles, no dejemos que nos mientan y nos envenenen"

Cristina Fernández de Kirchner
Presidenta de la República Argentina

Ya en la década del ´30 la agrupación FORJA interpelaba a la sociedad argentina formulándole esta pregunta ante los despropósitos de la década infame. En estos tiempos, la presidenta de la Nación vuelve a utilizar la palabra “giles” para llamarnos la atención ante el veneno que desparraman algunos monopolios comunicacionales. Nosotros aprovechamos para señalar que este, que ciertamente es un veneno, no es el único que puede dañarnos.

Nos animamos a sumar tres grandes venenos más al señalado por nuestra presidenta: cianuro, glisfosato y uranio. Los tres constituyen hoy los botones de muestra (y solo los botones) de un sistema de desarrollo que nos destruye, saquea y enferma. Un sistema que utiliza nuestro territorio para satisfacer necesidades del mercado y que carga sobre las espaldas de las próximas generaciones las consecuencias de un consumo que sigue beneficiando, principalmente, a las elites.

 En la actualidad el gobierno rionegrino nos dice que desarrollar la provincia es ceder territorio para satisfacer las necesidades del mercado chino, destruyendo la biodiversidad, privatizando la vida con los organismos genéticamente modificados, entregando nuestras fuentes de agua, nuestra soberanía a Monsanto y rociando los campos con sus agrotóxicos.

Por otro lado el gobierno nacional pareciera pretender que la idea de una patria justa, libre y soberana resulte compati ble y no entre en conflicto con el hecho de que estamos transformando en harina a nuestra cordillera y separando, en cócteles de cianuro -so pena del sacrificio de nuestras mejores reservas de agua dulce-, nuestros metales preciosos y estratégicos con el fin de que las corporaciones que especulan con el oro se los lleven gratuitamente (a diferencia de lo que sucede con la soja, en este oscuro rubro ni siquiera puede hablarse de “hacer caja”)

. A su vez ambos gobiernos, el nacional y el provincial, aseguran que para que estos objetivos se cumplan se necesita energía, y se necesita rápido. No queda otra, según ellos, que echar mano a la industria nuclear: necesitamos centrales nucleares, plantas de enriquecimiento de uranio, minas de uranio y submarinos nucleares.

La semana que viene la presidenta reinaugurará la planta de enriquecimiento de uranio en Pilcaniyeu, a pesar de la oposición de los pobladores. Ya hay voces oficiales que se ocupan de ir preparando el terreno, machacando con el trillado discurso del avance tecnológico de la mano de la soberanía, sin embargo debemos señalar que no toda aventura tecnológica constituye un avance per se.

 Se liga a la energía nuclear con la soberanía como si la única manera de ser soberanos fuera repetir lo demostradamente negativo del Norte. La vida media de los residuos provenientes de las centrales nucleares es del orden de los miles de millones de años, el mundo aun no tiene resuelto el problema de su almacenamiento (y pareciera díficil que nuestra especie pudiera garantizar este menester en semejante lapso), estos argumentos vuelven completamente inaceptable y éticamente reprochable la opción nuclear, en materia de generación de energía (no así en materia de medicina nuclear, diferenciemos bien y no caigamos en la trampa de quienes se proponen ridiculizar este planteo).

El discurso oficial, que en reiteradas oportunidades se jacta de diferenciar las políticas que impulsa respecto de las de un rebaño internacional, en este aspeto hace agua y entra en contradicción. A fin de cuentas Argentina sigue pretendiendo salir a flote en base a liquidar su patrimonio natural y a despilfarrar e inviabilizar sus opciones a futuro.

 Esto no solo se refleja en el caso de la soja, cual paradigma dantesco de exportación de suelos, sino que tiene su correlato en el mal manejo de nuestros recursos marítimos o en las políticas de entrega de recursos estratégicos como los hidrocarburos, entre otros.

 Así, más allá de la retórica, el desarrollo termina siendo una burda imitación de lo que hace el imperio, o aun todavía peor: un contrapunto necesario para poder sostenerlo. En los últimos siglos la destrucción del planeta se escondió bajo el eufemismo de un “desarrollo”, orientado siempre a competir en los mercados y maximizar la rentabilidad, soslayando el problema de la redistribución ante un panorama de recursos finitos y de escasez. Si el primer mundo se ha tirado al precipicio hay que seguirlo. Si el primer mundo lo hizo, seguro que está bien. Tirarse al precipicio, ¿no es de giles?¿Los argentinos, somos giles?

Asociación Ecologista Piuké
Bariloche

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