jueves, 25 de agosto de 2011

Guerra contra el mar - Joel Sangronis Padron


Derrame en los Oceanos
La especie humana, prevalida de su fuerza, obnubilada por su tecnología, enloquecida por la lógica del capital, le ha declarado una guerra de exterminio al mar y a sus pobladores. La humanidad extrae de los mares y océanos más de cien millones de toneladas de seres vivos al año, de los cuales más del 20% son descartados y desechados, 20 millones de toneladas de peces a los que se les quita la vida sólo para ser arrojados como basura al mar. Pero no sólo hemos desencadenado una limpieza étnica en contra de sus moradores, también lo hemos atacado con todos los venenos y tóxicos que nuestra locura tecnológica ha producido
La vida es un milagro que está más allá de nuestra comprensión, y deberíamos reverenciarla hasta cuando tenemos que luchar contra ella. - C.J. Briejer

La estupidez es la principal característica humana. El estúpido, a diferencia del imbécil patológico, es consciente de sus actos aunque le sean nocivos, sin embargo persiste en ellos. Manfred Max-Neef
Desde niño detesté a los abusadores, a aquellos matones que en la escuela, prevalidos de su fuerza o tamaño, agredían y humillaban a los más pequeños de grados inferiores. Ojos morados y castigos escolares fueron el precio que pagué por no tolerar este tipo de vejámenes. Esta actitud también me llevó a que, sin comprender muy bien las causas que producían la guerra de Vietnam, yo simpatizara fervorosamente por los vietnamitas en su lucha por defenderse del ataque del coloso estadounidense. El niño que yo era no sabía de luchas ideológicas o intereses geopolíticos, pero entendía que en aquella bárbara agresión que un país enorme, muy rico y poderoso, perpetraba en contra de un pequeño pueblo de campesinos pobres, la justicia y la razón estaban del lado de estos últimos.

Hoy, en mi mente y en mi espíritu, están instalados los mismos sentimientos; la especie humana, prevalida de su fuerza, obnubilada por su tecnología, enloquecida por la lógica del capital, le ha declarado una guerra de exterminio al mar y a sus pobladores.
La humanidad extrae de los mares y océanos más de cien millones de toneladas de seres vivos al año, de los cuales más del 20% son descartados y desechados, 20 millones de toneladas de peces a los que se les quita la vida sólo para ser arrojados como basura al mar. Cada hora se vierten unos 675.000 kilos de basura al mar, de los cuales un 50% son plásticos que no se degradan y que matan al año más de 100.000 mamíferos y tortugas marinas. Este problema es tan serio que en el medio del océano Pacífico ya existe una isla de desechos plásticos de tres veces el tamaño de Venezuela. Los vertidos “normales” de hidrocarburos al mar se contabilizan por decenas de miles de barriles al año, esto sin contar con accidentes como el producido el pasado año en una plataforma de la empresa BP en el golfo de México, que derramó millones de barriles durante más de cuatro meses.

La agresión por parte de la especie humana en contra de los mares ya ha producido bajas entre estos. El mar de Aral, situado entre Kazajistán y Uzbekistán, era el cuarto lago más grande del mundo; un típico megaproyecto desarrollista de riego de los años cincuenta, llevado adelante por el antiguo régimen soviético, llevó a que este ecosistema de casi 70 mil kilómetros cuadrados, al serle retirado los caudales de los dos principales ríos que en él desembocaban, hoy casi haya desaparecido.
En la guerra de agresión y exterminio que la humanidad pareciera haberle declarado al mar no sólo hemos desencadenado una limpieza étnica en contra de sus moradores, también lo hemos atacado con todos los venenos y tóxicos que nuestra locura tecnológica ha producido: Venenos químicos como los que derramamos en la bahía de Minamata en Japón, o como los que producen nuestra plantas petroquímicas como las del Tablazo y Morón acá en Venezuela; desechos nucleares como los arrojados este año en Fukushima o los que produjeron los ensayos nucleares franceses y estadounidenses en el Pacífico o vertidos petroleros como los que el año pasado vertió en el Golfo de México la torre petrolera Deepwater Horizont de la petrolera British Petroleum (BP).

Nuestro Mar Caribe, del que tan orgullosos nos sentimos quienes vivimos a sus orillas, con sus imágenes de blancas arenas y aguas cristalinas, es conocido entre los navegantes contemporáneos como el mar de “plástico”; tal es la cantidad de elementos de este material que flotan en sus aguas.
Greenpeace estima que cada 4 segundos un área marina equivalente a cuatro campos de futbol es arrasada por rastropescas (Venezuela es uno de los pocos países del mundo que ha eliminado esa criminal forma de pesca).
Hoy se utilizan satélites para localizar cardúmenes y concentraciones de peces, y las flotas pesqueras están armadas con navegadores satelitales y sistemas de sonares ultrasofisticados; los peces no tienen así, oportunidad alguna de escapatoria.
En los últimos 100 años el volumen total de vida marina ha disminuido en más de un 90%. Un estudio realizado por un grupo internacional de científicos, publicado en la revista Science en octubre del 2006, sostiene que con los actuales niveles de pesca y destrucción de los ecosistemas marinos, no habrá peces en los océanos para el año 2050. Hay que recordar que dentro del capitalismo todo se convierte en mercancía. No hay oportunidad alguna de salvación para la vida marina en tanto ella, dentro de este sistema, constituye una mercancía traducible en capital, que se rige única y exclusivamente por las fuerzas del mercado, mercado (de alimentos en este caso) que se encuentra ferozmente condicionado al alza de precios en los últimos años.
Siendo yo un niño de 8 o 9 años, en la noche, sentado frente al mar con mi padre, recuerdo haber visto a dos mantarrayas que nadaban muy cerca de la orilla; mi padre me hizo una larga explicación sobre las características de estos enormes animales, explicación a la que por cierto presté poca atención, fascinado como estaba por el hecho de que desde dentro, desde el interior de esa inconmensurable masa de agua pudiera emerger seres tan majestuosos y casi mágicos. Hoy, esa misma playa y ese mismo mar me infunden un sentimiento de desolación. Los pescadores artesanales tienen que salir cada día más temprano y regresar más tarde, cada vez con menos peces. La basura inunda cada rincón de las playas. Desarrollos turísticos y habitacionales parecidos a cartones de huevos, ofenden el sentido estético de quienes se acercan al mar para fundirse con la naturaleza.

La indignación y rabia que hoy siento por este miserable y estúpido ecocidio, perpetrado por una especie que actúa y se comporta en el mundo como un abusador y matón de escuela es la misma que ayer sentía como niño; pero el niño que ayer fui podía pelear y defenderse ¿Cómo podrán hoy defenderse los mares y sus pobladores?






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