martes, 5 de agosto de 2014

Opinión: Izquierdas sudamericanas: un mapeo posible

 
Pablo Stefanoni

Hace unos días, en medio de la marea y las sorpresas mudialísticas, Mario Vargas Llosa escribió una columna en el diario El País en el que volvió al ruedo con su cruzada antipopulista. Pero esta vez el blanco de sus disparos no fue la Venezuela bolivariana ni la Argentina kirchnerista sino el Brasil modelado por Luis Inácio Lula Da Silva. En “La careta del gigante”, el escritor peruano dice, abusando de comparaciones entre el fútbol, la política y la economía, que “no hubo ningún milagro en los años de Lula, sino un espejismo que ahora comienza a despejarse”. Finalmente acusa al lulismo de “complicidad y apoyo descarado” a regímenes populistas y autoritarios.

De esta forma, Vargas Llosa pasó por encima de la tradicional división establecida por la difundida teoría de las “dos izquierdas” (una buena, democrática y moderna, y otra autoritaria, nostálgica y populista) en la que Brasil quedaba del lado de los buenos. Ahora Lula sería algo así como el jefe de los populistas.

El análisis tiene algo de paradójico, en la medida de que estamos asistiendo no a una populización del lulismo sino a una suerte de lulización de la orilla “radical”. Ecuador, parte de los bolivarianos, viene de sellar un tratado de comercio con la Unión Europea y en la coalición de fracciones al interior de Alianza País se viene fortaleciendo el “ala derecha”, dicho con las limitaciones de formular así la cuestión, en la que se ubica el vicepresidente Jorge Glas. Lo cierto es que la dolarización impone una serie de restricciones a la Revolución  Ciudadana, a las cuales no son ajenas decisiones como la controvertida decisión de explotar el petróleo en el Yasuní-ITT y abandonar el plan de dejar el petróleo bajo tierra en esa zona protegida a cambio de compensación internacional. Es claro que hoy no existe apoyo a una recuperación de la moneda nacional, por lo que el gobierno busca fórmulas para mantener la elevada inversión pública desplegada desde 2007.


Ecuador comparte con Bolivia el hecho de combinar bolivarianismo con macroeconomías estables y en crecimiento. Evo Morales tiene una de las reservas más altas del mundo en relación a su PBI. Se trata de una visión ortodoxa en ese plano: blindar la economía frente a futuros nubarrones, que por ahora le ha venido dando resultados (y probablemente de la vigencia del trauma de la hiperinflación de mediados de los 80 que acabó con el gobierno de izquierda de Hernán Siles Zuazo). Claro que al costo de que la policía siga ganando salarios paupérrimos, la salud siga estando por debajo de los estándares deseables y varias asignaturas pendientes, pese a los innegables avances de estos años. Para las elecciones de octubre, Morales es el gran favorito, e incluso incorporó a una variedad de “ex enemigos” a las listas del Movimiento al Socialismo.

Finalmente, Argentina venía reincorporándose al mercando financiero –camino frenado por la decisión del juez Griesa, hoy cuestionado por el propio New York Times y una variedad de figuras del establishment-. Algunos opositores argentinos han logrado quedar a la derecha de Anne Krueger, una de las economistas emblemáticas del liberalismo, en sus críticas a la gestión del gobierno de la batalla con los holdouts.

En este contexto, Michelle Bachelet busca llevar a cabo una reforma educativa –para desmercantilizar parcialmente la educación, principal demanda del movimiento estudiantil- y una reforma tributaria para financiarla. También busca despenalizar el aborto terapéutico y otras medidas que encienden todas las alarmas de una derecha conservadora reaccionaria pero hoy más débil que en el pasado.

Además de Bolivia, en octubre de este año se vota en Brasil y Uruguay. En Brasil, Dilma aparece como la favorita pero no se sabe por cuánto, posiblemente los problemas económicos que empiezan a aparecer sean más importantes que el histórico 7-1. En Uruguay también ganaría la izquierda, con Tabaré Vázquez a la cabeza frente a Luis Lacalle Pou, parte de la “nueva derecha” que se propone desplazar a la centroizquierda en la región. Con todo, la candidatura de Tabaré no deja de evidenciar un empantanamiento político –o incluso un retroceso- para el Frente Amplio, una fuerza a menudo presentada como un caso emblemático de institucionalidad frente a las experiencias más dependientes de líderes carismáticos. Tabaré aparece como el más conservador de los progresistas o el más progresista de los conservadores.

Argentina completará el mapa el año que viene, con enormes dificultades para construir alternativas progresistas al kirchnerismo. El propio Unen encuentra problemas para definir una identidad superadora, con figuras como Carrió que proponen ceder ante los buitres o dar el salto a la Alianza del Pacífico. La “ilusión de una alternativa socialdemócrata” de la que habló hace unos días Luis Alberto Romero, en Argentina está desacoplada de los movimientos sociales, de los trabajadores y demasiado asociada a una recuperación abstracta de la República liberal.

De este modo, aparece el riesgo, como ha advertido Juan Gabriel Tokatlian, de que coaliciones anti-igualitarias avancen en la región. Esa nueva derecha con nuevas caras es un desafío en una región donde las (centro)izquierdas en el gobierno lograron muchos avances, pero sigue pendiente una transformación de la matriz productiva así como de reformas más audaces contra la desigualdad (impuestos, salud, educación).


En este contexto, el mapa de la “marea rosada” latinoamericana (como la llaman en Estados Unidos) se está redefiniendo de manera incierta; con la gran ausencia de Venezuela como emisora de las grandes “utopías”, así como de grandes incapacidades para llevarlas a cabo.

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