viernes, 30 de marzo de 2012

El mundo está harto del discurso del “progreso” y de sus trasnochados defensores

.Amaury González Vilera



Resulta insólito que a esta altura de la partida se esté proponiendo "progreso" com si la palabrita en sí misma tuviera algún poder sobrenatural para convencer a la gente que ya sabe que en el nombre de la idea de "progreso", se ha colonizado, reconolizado, neocolonizado a los países que desde la perspectiva de la Teoría de la Dependencia estuvieron siempre en la perisferia, indistintamente del optimismo y su fe en el indetenible "progreso". Comencemos diciendo, con el Mariátegui de "El alma matinal", que en el ser humano está presente una necesidad de infinito, de trascendencia, por lo que la necesidad de una Fe, de una creencia superior, ha estado siempre presente en el alma de las sociedades, de los pueblos.
Historicamente, las religiones siempre desempeñaron este rol de re-ligar al ser humano con ese universo trascendente por medio de ese conjunto de ceremonias y creencias que son las religiones. Ahora bien, la modernidad capitalista de los 500 años, como proceso de racionalización y secularización, entre otras cosas, en cierta medida transfirió esta influencia que siempre tuvo la Iglesia (la comunidad de los creyentes) a las llamadas ciencias sociales.
A medida que la institución eclesiástica perdía influencia la ganaban estas disciplinas que nacieron haciendo de la sociedad su “objeto de estudio”, en el marco fundamental del siglo en el que, podemos decir, se consolidó la ideología colonialista: la centuria del XVIII.


Es así, como el fundador de una de esas “ciencias” acuñó la conocida frase “Orden y progreso”, como consigna y flamante mitología emanada de las plumas de los intelectuales orgánicos de la burguesía en ascenso. La revolución industrial como subsunción de la tecnología en el capital, como lo plasma Marx en el Manifiesto Comunista, transformó vertiginosamente las relaciones sociales, en un contexto donde el “progreso”, inauguró una visión lineal de la historia y de la vida, con la mitología de fondo de que el mero transcurrir del tiempo aumentaría el bienestar general. De tal manera, lograr el bienestar de todos era solo cuestión de dejar que los pioneros burgueses, armados con su voluntad, su ciencia y su técnica, hicieran su trabajo.


En este orden de ideas, son muchos los pensadores que han develado este mito del progreso, que si bien los mitos y la ideología forman parte de la estructura social como refiere Ludovico Silva, este del “progreso” es un “mal mito por ser ilusorio y destructivo” (Dussel). Pero lo que preocupa de todo esto, es que después de un siglo como el siglo XX, muchos crean aún en este cuento del progresismo que lo que sí recuerda es a un burro tras la zanahoria; o peor, que crean en el “capitalismo popular”. A propósito de esto, recordemos también que existe toda una genealogía de palabras mitológicas cuyo carácter teleológico, cuya “inevitabilidad”, las han emparentado en las diversas épocas. Es el caso del progreso, pero también de palabras-mito como “desarrollo”, “crecimiento”, “civilización” o “globalización”, que sugieren lo que es de alguna forma ―de alguna forma porque son mitos― imparable, inevitable y necesario.

La palabra “desarrollo”, por ejemplo, es uno de esos signos mitológicos heredero del “progreso”, y que el pensador colombiano Arturo Escobar analiza en tanto “régimen de representación”, como discurso articulado y difundido desde el norte del mundo en un determinado contexto histórico, el de la segunda post-guerra, y que logró colonizar el imaginario social hasta el punto que no se pudo pensar en algún esfuerzo orientado a lograr el bienestar de los pueblos en términos que no fueran los del “desarrollo”. La consecuencia necesaria de esto fue que se creó el subdesarrollo, en una renovada dualidad moderna-capitalista heredera de aquella civilización-barbarie, creándose junto a aquel todo un “tercer mundo” como espacio de lo “sub-desarrollado.

Ciertamente, tales discursos devienen en “prácticas concretas de pensamiento y acción” por medio de las cuales se llega a crear realmente una determinada realidad, aunque sin embargo sean unas gramáticas de las cuales podemos y tenemos que salirnos. A esto agregaríamos que la falta de imaginación no excusa la incapacidad o la renuencia para transitar por el camino de la descolonización intelectual.

Todo lo cual nos lleva a destacar el carácter trasnochado del discurso del progreso como estrategia otorgadora de esperanzas, ambigua y difusa, y por demás atribuible históricamente tanto a derechas como a izquierdas. Así como se articuló en su momento el “discurso del desarrollo”, con el criminal Harry Truman como punta de lanza, más adelante con Kennedy surgió la estrategia de la “alianza para el progreso”, como reacción y como expresión de inquietudes y miedos ante el triunfo de la Revolución cubana. El historiador Sant Roz lo recuerda así:

En diciembre de 1960, el agente de la CIA, Adolf Berle, coordinador del grupo de trabajo del Partido Demócrata sobre América Latina, consultó la opinión de uno de sus agentes para el área, el señor José Figueres, para definir la política de John F. Kennedy hacia la región. De aquí surgió la propuesta de anunciar en la Unión Panamericana de Washington el programa «Alianza para el Progreso».

Desde entonces la denominación Progreso, como término que se refiere a avance, a proyección desarrollista hacia el futuro, sentido de superación económica, adquirió una dimensión tremenda en todos los informes, artículos de opinión, libros, documentos y titulares de prensa.

No obstante hay que decirle a un montón de ignorantes, que aunque parezca insólito, el verdadero inspirador del programa «Alianza para el Progreso» fue Fidel Castro. Incluso, Fidel Castro estimó su costo en unos 20.000 millones de dólares. Esta fue una proposición que Fidel presentó en mayo de 1959 durante una visita que hizo a Buenos Aires en momentos en que allí se realizaba una reunión de la OEA.

De tal manera, podemos concluir apretadamente que:


1- El discurso del progreso ―presente actualmente en el oposicionismo venezolano― es un heredero del discurso del desarrollo ―que a su vez es pariente de aquel “orden y progreso” positivista―, como estrategia política-discursiva articulada en un contexto imperial y con el propósito de justificar y naturalizar coloniajes y neo-coloniajes.

2- En nuestro actual contexto, de reconfiguración geopolítica mundial hacia la multipolaridad, de una crisis estructural del capitalismo que viene desde hace 100 años como lo explica Theotonio Dos Santos; de renovado keynesianismo de guerra y de crisis ecológica mundial, hablar de “progreso” resulta anacrónico, inviable, desubicado y torpe.

3- Si entendemos al “progreso” y al “desarrollo”, no sólo de manera tecnocrática como “crecimiento de la economía”, o como el florecimiento de la cabilla y el concreto por todos lados, sino como el aumento del bienestar, la satisfacción y la felicidad de la gente, bien podríamos decir que en los últimos años hemos tenido progreso, y no precisamente como perfección de los medios y confusión en los fines, aunque habría que ser cuidadosos con la posibilidad de enseñorear a la racionalidad instrumental.



 

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