lunes, 10 de mayo de 2010

Las cobayas nucleares de Francia


Un informe militar de 1998 reconocía que centenares de soldados fueron utilizados en el desierto de Argelia para comprobar los efectos de la bomba atómica en el hombre. Algunos veteranos explican a LA RAZÓN aquella experiencia hasta ahora olvidada.

"Hurra por Francia! Desde hoy, es el más fuerte y está más orgullosa". El General De Gaulle no ocultaba su felicidad aquella mañana de febrero de 1960 en que, tras explotar la bomba atómica, cuatro veces superior a la Hisroshima, convertía a su país en la cuarta potencia nuclear mundial. No sólo afirmaba su posición en la escena internacional, sino que se aseguraba su indepencia militar a semejanza de sus aliados estadounidenses y británicos, que en ese terreno le llebaban algunos años de adelanto. En plena Guerra Fría, dotarse del arma nuclear era una necesidad a los ojos del gobernante galo.

En total, 150.000 militares y civiles participaron en los 210 ensayos nucleares que Francia realizó entre 1960 y 1996. Sin embargo, la «gran avwntura científica y militar », como acostumbraban a calificarla, tuvo un coste humano, además de medioambiental, que medio siglo después todavía no ha quedado del todo saldado.

«La prioridad del Ejército no era la seguridad de sus tropas sino desarrollar la bomba atómica, y tenerla a punto lo más rápidamente posible», nos explica Pierre Leroy. Tenía apenas 20 años cuando fue llamado a filas y sin poder sospecharlo acabó cumpliendo su servicio militar en una base secreta del Sahara argelino, donde Francia estaba experimentando con el átomo. Hoy se considera una cobaya del Gobierno de su país. «Yo no pedí nada a nadie y de repente me encontré en mitad del desierto, en plena guerra de Argelia, u “operación de mantenimiento del orden ”, como oficialmente preferían decir, sin que nunca nadie nos hubiera informado de a dónde íbamos y con qué cometido». Una vez en el campamento de In Amguel, a 150 kilómetros al norte de la árida y meridional Tamanrasset, la información escaseaba. Fueron los reclutas a los que reemplazaban los que le abrieron los ojos: «Aquí habéis venido a explotar las bombas atómicas».

Secuelas mortales
Recuerda indignado que durante su año de estancia ningún superior les advirtió de los riesgos que corrían o de las precauciones que debían tomar. Y, sin embargo, el 1 de mayo de 1962 se produjo lo peor. La explosión llevaba el sobrenombre de «Béryl». Se trataba del segundo ensayo nuclear subterráneo de las 17 pruebas que el Ejército francés realizaría en el Sahara antes de abandonarlo por las aguas de la Polinesia, en el Pacífico sur.

Entre las autoridades que no quisieron perderse tal hazaña se encontraba el ministro de Defensa, Pierre Messmer, que como el resto de presentes fue contaminado. Un error en el sellado de la galería dejó escapar cerca del 10 por ciento de la radiactividad liberada por una explosión de 30 kilotoneladas. «Asistimos fascinados a la detonación. Una nube blanca cubría la montaña de Taoruirt Tan Affela cuando de repente vimos formarse una capa negra y sentimos la onda expansiva bajo nuestros pies. Ahí me dije que algo estaba fallando», relata Leroy. Él corrió mejor suerte. Ese día se encontraba en la base, a 40 kilómetros de In Ecker, donde se desarrollaban las pruebas, exento de guardia por haber roto sus gafas. A nueve de sus camaradas, que debían velar por la seguridad a los pies de la montaña, los olvidaron tras el accidente. Entre ellos, su amigo León.
Durante horas estuvieron expuestos al polvo radiactivo con una simple máscara y un dosímetro Kodak. Y, más grave aún, ignorando todo peligro, ante la ausencia de consignas y el paso de las horas, acabaron ingiriendo las contaminadas raciones de comida que llevaban consigo.

El Estado acabará reconociendo años después que en un solo día recibieron una radiación de 600 miliSievert, cuando la dosis límite anual en su caso no debía pasar de los 50 mSv. En compensación, León, que falleció hace tres años, recibía una pensión de 50 euros al mes. «Sin embargo, tenía miedo de que si hablaba de lo ocurrido se la retiraran», comenta Pierre, convencido de que la fuerte irradiación dejó nefastas y mortales secuelas en su amigo, con el que recuperó el contacto hace sólo diez años, después de cuatro décadas sin noticias. «Tras el accidente, los aislaron, los repatriaron a París, donde permanecieron hospitalizados, y les perdí la pista», explica. Hoy está jubilado y ronda los 70 años. Desde la Aven, la Asociación de Veteranos de los Ensayos Nucleares, lucha para que se rompa el silencio, se levanten los tabúes y el Estado francés asuma sus responsabilidades.

El arma de la ignorancia
Lucien Parfait también formaba parte del contingente de «Béryl», aunque no asistió directamente al escape. A él le enviaron posteriormente a la zona contaminada para recoger material inservible. Parfait, que vive en Lyon, acumula hoy más de siete mil puntos de sutura y su mutilada cara refleja el calvario que vive desde que precozmente se le declararan varias patologías tras su paso por el Sahara. También acumula los intentos fallidos al no haber logrado obtener de las autoridades francesas una indemnización. Como otros compañeros, víctimas de extraños tumores o de inexplicables dolencias, ha perdido repetidamente los juicios contra el Estado galo que, hasta hace pocas fechas, recurría sistemáticamente las sentencias.

«A diferencia de los que estuvieron en Polinesia, que fueron militares de carrera o voluntarios, el 90 por ciento de nosotros éramos simples reclutas», insiste Pierre Leroy, que por su salud se siente afortunado aunque desconoce la cantidad de radiación que pudo recibir durante aquella estancia.

Es también el caso de los 200 soldados rasos que fueron sometidos, a modo de cobayas, a lo que el Ejército califica como «maniobras tácticas» en zona contaminada. Estas operaciones se realizaron inmediatamente después de cada una de las cuatro pruebas atmosféricas que tuvieron lugar entre 1960 y 1961 en la base sahariana de Reggane. Para la última explosión, denominada «Gerboise verde», la tropa procedía de Alemania, y no era puro azar. Se había formado en la línea de división entre el Ejército soviético y la OTAN, allí donde la posibilidad de un conflicto nuclear era más alta. Eso explica que fueran estos curtidos hombres los elegidos para «estudiar los efectos fisiológicos y psicológicos del arma nuclear en el ser humano».

En algunas aproximaciones a pie, los reclutas llegaron a acercarse a 700 metros de distancia del «punto cero» y tan sólo 20 minutos después de la explosión. Una patrulla de vehículos todoterreno se internó incluso hasta prácticamente el núcleo de la contaminación. Y aunque parece que se efectuaron con cierta protección, las autoridades se concedían licencias como permitir a los soldados «cortas estancias en la zona prohibida sin ningún tipo de máscara».

El documento también admite que las autoridades militares hicieron manipular a los miembros de la tropa sustancias aun a sabiendas de los peligros que eso podía entrañar. Por ejemplo, hasta el punto de que pudieran inhalar en un día el polvo radiactivo «normalmente autorizado en tres meses». En conclusión, los soldados eran «capaces de continuar el combate, en la medida en que la moral no se viera demasiado afectada», pero dado que el temor predominante podía convertirse en una obsesión, el informe añade que es preferible «mantener a la tropa en la ignorancia respecto a las dosis de radioactividad recibida

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