lunes, 17 de mayo de 2010

Uruguay: ELECCIONES MUNICIPALES: EL SISTEMA HACE AGUA

Raúl Zibechi

Es la primera vez en su historia que el Frente Amplio pierde votos masivamente. Pero el alto porcentaje de votos nulos y en blanco, afecta tanto al partido de gobierno como a la oposición, a Montevideo y al Interior, en lo que puede ser el comienzo de una suerte de desobediencia civil explícita.

“El sistema electoral se desgastó”, dijo el politólogo Oscar Bottinelli esbozando una evaluación del sorprendentemente alto porcentaje de votos en blanco y anulados. Agregó que existe un descontento general que traspasa las gestiones del Frente Amplio, porque los 200 mil blanconulos (10% del total) no optaron por otras opciones que, en definitiva, no consiguieron engrosar sus caudales. Ni los partidos tradicionales, ni los independientes y asambleístas populares, consiguieron sacar tajada del descontento, con lo que resulta evidente que apostaron no contra un partido sino contra el conjunto del sistema de partidos.

Aunque se comienzan a esbozar una serie de explicaciones para tan anormal fenómeno, según la inmaculada historia electoral oriental que no sabe de desacatos estridentes, la mayor parte de los análisis apunta a causas locales y coyunturales, desestimando aquellas explicaciones que puedan apuntar cualquier sospecha de ineptitud -o de insensibilidad- por parte de las dirigencias. Sin embargo, en los últimos años fueron visibles un conjunto de indicios que preanunciaban el voto protesta ocurrido el domingo 9.

UN PUÑADO DE SÍNTOMAS

Quien no haya visto en los últimos años un conjunto de datos que apuntan hacia lo que denominamos como crisis del sistema electoral, es porque no ha querido verlos. La inscripción tardía y a regañadientes de muchos jóvenes que votan por primera vez en la Corte Electoral, es apenas uno de ellos. La reticencia de los funcionarios a integrar mesas, pese a que se les conceden cinco días de licencia, ha sido desde varias elecciones atrás una constante en permanente aumento y ante la cual las autoridades se han dado por vencidas. En esta edición los ministros de la corte señalaron que unos mil funcionarios desertaron, lo que para Edgardo Martínez Zimarioff, ministro del organismo, “es muy superior al promedio histórico”. Profesionales y funcionarios vienen haciendo auténticos malabarismos cada vez que les llega la citación para integrar mesas, muchas veces en los límites de la legalidad, o en la pura ilegalidad, para eludir la convocatoria a la que sienten como desdichada jornada de forzado zafarrancho electoral.

Pero lo más estridente ha sido la escasa participación en las elecciones internas. Llama la atención el pronunciado declive: del 54 por ciento de asistentes que se registró en las primeras internas de 1999, se descendió al 46 por ciento en 2004 y al 44 por ciento en 2009, pese a que en éstas había una notable competencia entre candidatos en dos partidos y una profusa propaganda. Lo que revela un escaso interés cuando se trata de participación voluntaria, muy en particular entre los más jóvenes. Conste que es la única ventana de voluntariedad que se permite un sistema electoral particularmente restrictivo, y por ella la población deja traslucir sus verdaderos sentimientos hacia el sistema.

Sin embargo, cuando llegó la avalancha de votos nulos y en blanco, muchos se mostraron sorprendidos, empezando por algunos encuestadores que, una y otra vez, advirtieron -en contra de los resultados de sus propias mediciones- que aunque la gente amaga, a la hora del cuartito oscuro deja de lado remilgos y dudas y decide empuñar el voto por alguno de los partidos en liza. Los dirigentes políticos se afiliaron rápidamente a la teoría del paréntesis, aquella que dice que lo sucedido es apenas una anomalía puntual (por la huelga de los recogedores de basura, fue el argumento más trivial), luego de la cual todo volverá a su sitio.

Si la elevada abstención montevideana, que multiplica por cuatro los promedios históricos, se atribuye a factores meramente locales, ¿cómo se explica lo sucedido en Canelones? Los elevados índices nuloblancos del resto del país, incluso en aquellos departamentos donde hubo una cerrada competencia, parecen formar parte del mismo fenómeno. En Rocha, donde se descontaba un holgado triunfo del Frente Amplio, llegó al 8,7 por ciento. En Cerro Largo, donde la izquierda esperaba ganar, trepó al 7,5 por ciento, para llegar al 8,1 en Colonia y al 7,4 por ciento en Soriano. En Maldonado, donde también había fuerte competencia intra e inter partidos, los blanconulos fueron el 7,8 por ciento. De modo que el fenómeno no puede en modo alguno circunscribirse a los votantes frenteamplistas de Montevideo, como apuntan ciertos oráculos partidarios.

Se trata, entonces, de un desgaste que va más allá de partidos y candidatos, de buenas, malas o regulares gestiones. ¿Quién en su sano juicio puede poner en duda que la gestión de Marcos Carámbula ha sido infinitamente superior a la del anterior intendente, el colorado Tabaré Hackenbruch? Gestión e intendente que gozaban, el día de las elecciones, de enorme apoyo ciudadano, aunque a la hora de la verdad hubo tantos protestones como en Montevideo. Hay, sí, un desgaste del sistema electoral, del sistema de partidos y, probablemente, un incipiente desgaste del sistema político. Algo que, por cierto, no es patrimonio del Uruguay sino fenómeno mundial, del cual conviene tomar nota mucho antes que negarlo o temerle.

MAS ALLÁ DE LA COYUNTURA

El sistema electoral, núcleo duro del sistema político uruguayo, es sumamente restrictivo. O, mejor, se ha ido haciendo restrictivo a medida que el propio sistema amenazaba con entrar en crisis. Hay por lo menos tres disposiciones que fueron aprobadas entre gallos y medias noches, que merecen ser sometidas a debate: el voto obligatorio, el balotaje y las alcaldías. Hasta 1966 el voto fue voluntario, pese a que la Constitución determina su obligatoriedad, ya que no se sancionaba a quienes no acudieran a votar. Pese a ello la participación siempre fue superior al 80 por ciento, y según estima Bottinelli, director de Factum, debe haber sido cercano al 90 por ciento ya que el padrón no estaba debidamente depurado.

El voto se volvió obligatorio por primera vez en 1971, con la aprobación de una ley estableciendo sanciones para quien no votara, que impedía hacer trámites, cobros, obtener empleos públicos y otras restricciones. Bottinelli asegura que se exigió la constancia “por un prolongado lapso posterior a las elecciones nacionales de ese año, para la realización de cualquier trámite ante una dependencia pública”*. La obligatoriedad del voto, sancionada por el gobierno de Jorge Pacheco Areco, se dio en un marco de creciente autoritarismo, de crisis del sistema político y con la expresa intención de impedir el acceso del recién creado Frente Amplio al gobierno.

En 1989, poco antes del plebiscito sobre la anulación de la Ley de Caducidad, se reglamentó la obligatoriedad del voto imponiendo multas de una unidad reajustable la primera vez, y de tres unidades por cada una de las siguientes, montos que se duplican cuando los ciudadanos omisos sean profesionales o funcionarios públicos. Como se sabe, quien no acuda a votar no podrá cobrar sueldos, ni jubilaciones, ni pensiones, ni percibir sumas de dinero que el Estado le adeude por cualquier concepto, ni ingresar a la administración pública, ni inscribirse, ni rendir exámenes en la enseñanza pública.

Llama la atención que una dirigencia política que se mira en el espejo de los países más desarrollados, vaya a contramano de las tendencias establecidas en esa parte del mundo: en 22 países de la Unión Europea el voto es voluntario y sólo en cinco es obligatorio. No está demostrado que la obligatoriedad del voto fortalezca la democracia y que la voluntariedad la debilite. La larga experiencia uruguaya demuestra que puede haber voto voluntario con altos índices de participación.

El balotaje es otro de los inventos precipitados y mal intencionados. Fue pergeñado por Julio María Sanguinetti para frenar el inminente triunfo electoral de la izquierda, luego de que en las elecciones de 1994 el país se dividiera en tres tercios, y fue rechazado por el Frente Amplio. En las negociaciones previas a la reforma constitucional de 1996, se concedió la separación de la elecciones nacionales de las municipales y la eliminación de los lemas permanentes y accidentales. El país había funcionado muy bien sin balotaje, aunque es cierto que, de eliminarse ahora, uno de los tres partidos se convertiría en fuerza testimonial, como sucede en las municipales en el Interior cuando ambos partidos tradicionales unen fuerzas para batir al Frente Amplio. El plebiscito dividió al país, y a la propia izquierda, y fue aprobado por escaso margen (50,5 por ciento).

Por último, la Ley de Descentralización recientemente estrenada, ya tiene suficientes cuestionamientos como para ser parte del problema más que de la solución. En opinión del politólogo Daniel Chasquetti, la implementación de esta ley que crea las alcaldías “es responsabilidad de Tabaré Vázquez porque el MPP y Asamblea Uruguay querían hacerlo para las próximas elecciones. Tal como está no puede quedar porque, entre otras razones, crea un organismo con escasas potestades que no puede siquiera cobrar impuestos”. Considera por tanto que no sólo el Frente Amplio recibió un “tirón de orejas, sino el conjunto del sistema político”.

Lo central, desde un punto de vista ciudadano, son las restricciones que impone esta ley. Contra toda lógica, impide el voto cruzado. Peor aún: sólo pueden presentar candidaturas los partidos políticos, cuando el escenario local es, en todo el mundo, el espacio privilegiado para las organizaciones y agrupaciones vecinales, de arraigo puramente local. Impedir este tipo de expresiones democratizadoras, revela cuán frágiles se consideran a sí mismos los partidos. O por lo menos sus castas dirigentes.

Es tan evidente el cansancio de la población con el año y medio de maratón electoral, que todos hablan ahora de introducir cambios. Por lo que ha trascendido, nada de cirugía mayor sino retoques casi cosméticos relativos al calendario y poco más. Y habrá que ver, como apunta Chasquetti, si los partidos no van a “meter la cabeza en al coyuntura política” y dejar todo como está.

La crisis del sistema (electoral), necrosado por el sistema (de partidos) puede, si no se corrige en serio, inficionar el sistema (político) en su conjunto. La parálisis, o los cambios que nada cambian, son la mejor forma de potenciar las gangrenas. La pregunta del millón es si un sistema político pilotado por una generación de adultos mayores de sexo masculino, está en condiciones de aplicar terapias que requieren energía y, sobre todo, altas dosis de grandeza que pasan, sencillamente, por renunciar al lugar que se viene ocupando. ¿Acaso Liber Seregni, o Raúl Sendic, fueron menos por haber tomado distancia del aparato partidario?

El politólogo italiano Norberto Bobbio ha dicho que solamente puede avanzar una sociedad extremadamente insatisfecha consigo misma y con las herramientas que garantizan la ciudadanía. La autocomplacencia que, con escasas excepciones, predomina arriba y abajo, puede ser la peor consejera.
-.-
* “El voto, derecho o deber”, en http://www.factum.edu.uy/


Ir arriba

ir arriba