jueves, 8 de enero de 2015

Este patio trasero

Foto: Santiago Mazzarovich
 Rambla del Puerto y Bar Iberia. Foto Santiago Mazzarovich
Ahí voy inquieto pero simulando tranquilidad, sobre la vereda que da a la avenida que separa el Puerto de la Ciudad Vieja. La inquietud ya es conocida por todo y no parece honesto decir que uno camina por calles con la libertad del paseante, aunque la desee, como desea subirse a uno de esos barcos encallados y enormes en el puerto, que le dan a la ciudad ese gesto de tierra de inmigrantes, de ciudad-puerto, de conexión con el mundo.             
 Apenas caminando por el perfil de la Ciudad Vieja uno piensa en este país, su pobreza, su recuperación y su esplendor. La mayoría de los edificios son o fueron de una arquitectura sublime, pero algunos sólo cuentan con un jirón de aquella seda delicada. Quizá no sea nostalgia lo que produce, pero sí una melancolía arraigada (no sé qué sentimiento es peor) ante toda esa desidia o realidad: ese hombre tirando baldes con agua y barriendo con una escoba sucia el agua mugrienta que sale de una puerta que ahora seguro es pensión o casa ocupada, y que antes quizás no fue un palacete pero sí una casa donde los hombres vestían de traje y las mujeres usaban largos y pesados vestidos. Y a diez metros, un edificio recompuesto, llevado al límite de su elegancia, que se acentúa por el diagrama perfecto de una plazoleta mínima y pensado por alguien que ama o amó el pasado y el presente y que seguro sueña con una ciudad habitada y transitable.  Este tramo de la rambla al puerto podría convertirse en la delicia de un paseo estival, con un viento firme y casi olfativo, de reconciliación mayúscula con los malestares del día. Pero nadie la camina.
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